La organización subraya que, aunque los medicamentos son esenciales para el control de diversas enfermedades respiratorias, no son suficientes por sí solos. La condición física y la interacción del sistema respiratorio con el cardiovascular y la musculatura también influyen en la capacidad funcional y la percepción de disnea. En este contexto, el sedentarismo puede generar un ciclo de disminución de la actividad física y una creciente sensación de falta de aire. El ejercicio, realizado de manera progresiva y adaptada, puede interrumpir esta dinámica negativa.
SEPAR destaca que en los casos donde la disnea y el desacondicionamiento son predominantes, como en la EPOC, el ejercicio se convierte en una herramienta fundamental. Para los pacientes con bronquiectasias y acumulación de secreciones, las técnicas de drenaje son especialmente relevantes, mientras que para aquellos con asma, las técnicas de control de la respiración son muy útiles. También se consideran factores adicionales relacionados con la salud respiratoria, como una nutrición adecuada, dejar el tabaquismo y minimizar la exposición a contaminantes y otras sustancias irritantes.
La continuidad en estas intervenciones es otro aspecto crucial que SEPAR enfatiza. La adherencia a programas de ejercicio y técnicas respiratorias debe recibir atención similar a la que se otorga al cumplimiento del tratamiento farmacológico. Para ello, es fundamental modificar el enfoque sobre la responsabilidad del paciente, ya que mantener estas estrategias terapéuticas implica tiempo, esfuerzo y cambios en los hábitos. El equipo sanitario tiene que ayudar a identificar las barreras individuales y acompañar a los pacientes durante el proceso, promoviendo una responsabilidad compartida entre pacientes y profesionales, con apoyo psicológico cuando sea necesario.
Uno de los principales desafíos para incrementar la actividad física es el temor a experimentar disnea. La idea de que la falta de aire debe llevar a detenerse puede provocar una reducción progresiva de la actividad y una pérdida de la condición física, lo que a su vez aumenta la sensación de ahogo ante esfuerzos menores. SEPAR aclara que aumentar la frecuencia y la intensidad de la respiración durante el ejercicio es una respuesta fisiológica normal a las demandas del organismo, y que en personas con enfermedades respiratorias, la disnea puede aparecer antes y ser más intensa, aunque esto no indica necesariamente una situación de peligro.
Por lo tanto, es fundamental plantear la actividad física de manera progresiva, controlada y adaptada a las características de cada paciente. Los ejercicios interválicos y las técnicas de control respiratorio pueden facilitar tanto el entrenamiento como la recuperación. En algunos casos, el uso de oxígeno o soporte ventilatorio no invasivo puede ser necesario durante el ejercicio. «Cuando el ejercicio se prescribe y supervisa adecuadamente, puede ser una herramienta terapéutica que mejore la capacidad funcional, reduzca el impacto de la disnea y aumente la calidad de vida», concluyó Beatriz Herrero Cortina.
SEPAR también sugiere una serie de medidas generales para mantener una salud respiratoria óptima. Estas incluyen mantenerse físicamente activo para evitar el sedentarismo, cuidar la alimentación para preservar la masa muscular, dejar de fumar y evitar ambientes contaminados o irritantes. Además, se recomienda prestar atención a la postura, el sueño y el manejo del estrés, así como aprender a reconocer síntomas de alerta y tener un plan de acción adecuado. Para los pacientes con enfermedades respiratorias, la organización aconseja seguir correctamente el tratamiento inhalado y revisar periódicamente la técnica con los profesionales de la salud. En el caso de la EPOC, donde la disnea es predominante, se recomienda priorizar un ejercicio progresivo que combine actividad aeróbica y entrenamiento de fuerza.
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